Arenas víricas

[Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes]

Arenas víricas

Relato breve.

Inmersos en el calor de la bronca que el duro confinamiento antivirus provocó, decidimos escaparnos, huir de la opresión como si de un campo de concentración se tratara.

Aprovechando el inicio del crepúsculo, y a través de los jardines de la urbanización, creamos atajos que desfiguraban nuestros cuerpos con los escollos naturales a que nos forzaba el libre albedrío. Todo con tal de no ser reconocidos por la autoridad y sus lacayos.

Hasta lograr andar sobre las piñas secas del pinar fue todo un esprín y, en ese instante, bajo las copas de los rodenos centenarios nos sentimos seguros. Ya solo quedaba pasear un tiempo venteando los efluvios resinosos. Y cuando la intensidad de esos olores fue serenándose, se impuso la maresía.

Terminamos vagando en libertad por la playa de la cala sin darnos cuenta de que seguíamos con nuestra trifulca. Posiblemente el fuerte carácter nos distanciaba demasiado de la ejemplaridad, dificultando la avenencia originada por la pasión.

Nuestra excesiva e inmadura focalización continuaba impidiéndonos valorar lo que poseíamos, ya que la discusión seguía calentando nuestros ánimos. No obstante, esta vez, percatándonos de que nuestros pies se trasformaban en rompientes inquietas. Y, de este modo, pudimos fijarnos casualmente en un extraño velo de color perla que las sosegadas olas mareaban enrollándolo como a un viejo pergamino.

Desplegando el velo a la luz tenue del sol poniente, descubrimos que se trataba de algo parecido a una mascarilla excesiva que contenía un escrito en nuestro idioma pero con una coloración metálica excepcional y en el que se narraba algo insólito:

“Por primera vez estamos los dos solos, frente a frente, desnudos. Admiro su grandeza, enmudezco ante la pujanza que manifiesta y atiendo su jadeo. Me pregunto ahora que, por fin, mi aspiración se hace realidad y ya estoy acariciándolo: ¿Qué es el mar? ¿Es quizás un sueño húmedo y maleable capaz de embeber mi cuerpo de burbujas surgidas de sus belfos ondeantes?; ¿un ser de cuerpo colosal e indestructible que me confunde con su trastorno bipolar?; ¿o una superenergía continua e interminable, suma de todas las conciencias, que me fagotiza la mente hasta la abstracción, haciéndome entrar en un plano de luz superior?

Son sus olas misteriosas y pertinaces que reiteradamente se acercan demandando una comunión, las que lo definen. Satisfechas, con un hechizo exclusivo de elegancia que me embelesa hasta crearme una serenidad como nunca antes sentí. Es el brío imperecedero de su secreto insondable el que me concede como colofón, el arrumaco de una brisa suave y húmeda que juega con mi mente.

Pisando la arena, los asuntos del universo se presentan descarados, con todo su poder de persuasión, provocándome una admiración profunda y un impacto emocional que hace lucir mis ojos como si el ave blanca de la playa me transportara fuera de los límites. Allá donde surge todo, perteneciendo a esa amalgama de misterios estelares en los que encuentro la paz para crecer en consciencia.

Y, al fondo, en el término visual sobre el horizonte de agua, una puesta de un sol que rompe con todo lo que yo conozco: colores imposibles que nunca antes imaginé esbozan los cielos y el mar hasta volverlos mágicos, repletos de dibujos degradados con tonos, contrastes y aspectos de otra naturaleza que vienen a mí, deseosos de abrazarme.

Sólo la percepción de esas frecuencias me remueve el espíritu dejándolo mocho de sufrimientos. Percibo claramente que es la coyuntura prodigiosa para, a través del consuelo metafísico, saber de mí mismo. Y me pongo a ello…

Y, lo más grande: mañana sobre el idéntico escenario volverá a repetirse el adiós momentáneo del astro refulgente ofreciendo mil improvisaciones sobresalientes, con sus lumbres únicas, irrepetibles en su nueva hermosura. ¡Qué esperanza tan sublime, saberlo!

Acabo de descubrirlo y ya amo este paisaje. No os extrañéis por mi entusiasmo, quizás para vosotros excesivo, pero yo provengo de un mundo tan diferente… Mi origen es extraterrestre pero mi hábitat intraterrestre, el de la Tierra hueca. Solo lo saben las “puertas de los polos”, por ellas desciendo hacia el interior.

Y mi sostenido crecimiento espiritual ha sido recompensado por mis maestros celestiales, con un curso de sensaciones de tres días y tres noches terrestres en vuestro maravilloso y privilegiado plano. He elegido este destino entre muchos otros y, puedo decir, que a pesar de la actual pandemia la satisfacción ha sido tan excelsa que en cada elevación vibracional volveré aquí para asentar mi necesario crecimiento.

Os tengo que dejar, ha finalizado el retiro. Acabo de entrar en mi cápsula etérea y ya me están tomando desde el foco nodriza. Espero que la Tierra pronto se celestialice y se convierta en autoluminiscente para que todos compartamos el Único Amor. Que así sea.

Hasta pronto.”

Mientras nos mirábamos en suspenso entre aturdidos y recelosos por lo leído, observamos varias veces más aquel escrito enigmático. Y, cuando quisimos darnos cuenta, un soplo inesperado salpicado de mar nos arrebató la tela misteriosa que, cual gaviota, remontó en un vuelo caótico hasta desaparecer fundiéndose con el cielo.

Después, permanecimos cabizbajos, mirando sin mirar la arena, resueltos a reordenar nuestro interior. Cuando creímos haberlo hecho, apreciamos unas extrañas y desparramadas huellas de siete dedos difusos que, partiendo de allí mismo, se dirigían hacia el interior de la playa haciéndose cada vez menos profundas, hasta desaparecer dentro de un vestigio circular de arena prieta. Como si un misterioso ser hubiese perdido peso al andar o ascendido misteriosamente.

A la sazón, nuestra atención se dirigió al mar, el sol, el cielo, y todas sus prodigiosas tonalidades. Aquel ya no era el mismo paisaje que divisábamos desde el balcón. Por primera vez sentíamos advertir nuestros espíritus. Y entusiasmados, sonriendo plenos de paz, nos acomodamos en la arena, abrazados, observando con admiración muda, implícitos en el espectáculo: amándonos como nunca lo habíamos hecho y arropados con los lucimientos del crepúsculo en busca de las cosas del alma.

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280620

 

 


Pinada playera

Sueños de abandono

[[Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes]

Sueños de abandono

Relato breve

A Asun y Manolo.

Cuando te conocí, cambié mis fantasías. Deseé sólo ser donante, ofrecértelo todo. Y escucharte dedicándote el tiempo imperecedero. ¡Anhelaba tanto saber únicamente de ti…! Gocé tu proximidad y juntos aprendimos a reencontrarnos con la paz que siempre presentimos poseer.

Cultivamos la libertad uncidos al compromiso y, cuando gozábamos de la paz de los viejos chalados, te marchaste. Dejándome desierto y mudo como chopo careando al invierno.

Ahora siento tu carencia como una gran tribulación y vibro al recordar lo que te quise, amé y amo. Por eso intento apaciguarme con tus mimosas huellas que aún mecen mi sensible memoria.

Pienso en tus amaneceres untando aguacate en nuestras rebanadas; yo hago lo mismo sobre los recuerdos para que discurran suaves entre mis emociones. Me opongo a que los días, meses, y años diluyan siquiera las pequeñas reminiscencias de tus pasos. Tu pasado es mi presente.

Una pareja brumosa -la oscuridad y el silencio-, me amenaza todas las noches con sitiarme brutalmente, aislarme del todo y de todos, perderte hasta en mis sueños. Pero gracias a mi obstinación por vincularme con tu espíritu, su incapacidad queda al descubierto. No consigue que sufra un desasosiego que llegue a estremecerme hasta perder el aliento.

Quiero que sepas que no he escondido o disimulado nada tuyo. Está todo tal cual lo dejaste. Tu adiós sigue tan palmario que necesito que mis lágrimas de alivio se mezclen con el polvo que me asigna el tiempo y reposa sobre tus pertenencias, para formar un barrillo santo en el que impregnarme de ti. Y que me de fuerzas para luchar todos los días por conseguir oír el eco de tus besos; si lo logro sé que volverán de nuevo, por eso estoy esperanzado.

¡Albricias para aquellos que tuvieron amores y los perdieron, porque ellos sí los pueden recordar del modo más propicio!. Por eso, en mi asunto, para sortear a la terrible soledad que me acecha, es más conveniente crear sueños de abandono que bregar con el insufrible encierro más absoluto: el carente de recuerdos.

 

 

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‘Separación’ [?]. Vía

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Trampa

[Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes]

Trampa

Relato breve.

Pasé una noche terrible por culpa de una piedra renal que me obligó a ingresar en urgencias del hospital más cercano. Recuerdo a los espasmos ubicarme al límite de mi entereza, mientras advertía como una hecatombe sanitaria y atroz me cercaba desesperadamente. El desconcierto, al carecer de los medios más elementales para atender a tantos infectados por el coronavirus, hizo que los médicos, con sus defensas de fortuna, me dejaran en el suelo duro del pasillo central alargando una hilera de enfermos encarados al rodapié.

No me lo podía creer, el personal sanitario parecía estar compitiendo en algún concurso aldeano de ocurrencias absurdas con sus máscaras de buceo, sus trajes de bolsas negras de basura o de sacos de mantillo, gafas de natación, gorros de peluquería…, mientras proseguían con los pacientes más graves. El colapso sanitario era total y sólo pudieron inyectarme un fuerte analgésico, pero antes de que me hiciera efecto, perdí el conocimiento, quedándome como un viejo saco biológico.

Cuando desperté de la impuesta ausencia, a la vez que abría los ojos me vino un intenso tufillo a una mezcla diversa de desinfectantes, desechos y sufrimientos humanos. Y me volvió la lucidez comprendiendo que seguía en aquella fila como un eslabón más de la cadena del malvivir, fría y descalabrada por el oxido de la vida.

Entonces rebusqué en los bolsillos de la americana hasta encontrar mi reproductor MP3 e intenté evadirme de todo, escuchando repetidamente mis baladas preferidas. Mas me fue imposible hacerlo, mi atención caminaba entre todos esos pacientes variopintos, jodidos por el virus, esperando una ayuda urgente para poder respirar. Y entre un sinfín de sillas y camillas atolondradas yendo y viniendo cargadas de huérfanas esperanzas.

En un instante fui consciente del verdadero peligro que me acechaba: a mis setenta y cinco años estaba exponiéndome a no salir nunca de ese infierno si seguía allí por más tiempo. Y mientras reflexionaba sobre esa bruna evidencia que me deformaba el rostro con empeño, noté un ligero roce en la cabeza – mi vecino de fila, al estirar una de sus piernas, no pudo evitar tocarme-, y mi curiosidad me exigió forzar las castigadas cervicales para ver a quien tenía por encima.

Sorpresa, se trataba de una bella mujer bastante menor que yo. Me pidió disculpas y, con un gesto de la mano, le indiqué que no se tenía que preocupar por ello. En ese segundo que la tuve de nuevo en mi línea de visión, es cuando descubrí que aquel rostro femenino guardaba una semejanza con alguien conocido. Volví a mirarla y, efectivamente, parecía que ya no me quedaba ni un ligero atisbo de duda, era mi exmujer.

La que perdí por un desencuentro absurdo de recién casados. Fue como vivir un flas de juventud holgada, pues aquella relación sólo duró unos meses y se difuminó en el tiempo. Hacía más de veinte años que no la veía y, ahora la tenía allí en la misma hilera humana, tirada junto a mí, sobre el impávido terrazo del hospital. Bendita brujería del destino.

Al momento me quité uno de los auriculares y la llamé “fresi”, mi apelativo favorito, me reconoció enseguida y se puso a llorar emocionada, la soledad ante tanto infortunio la había dejado inmóvil y frágil. Me confesó que ya era viuda como yo y que se había visto obligada a ingresar por unas piedras en la vesícula. Le acaricié sus pies desnudos –siempre fueron mi debilidad- con la esperanza de que recordara mis habilidades. En la medida en que arrullé dulcemente los dedos fui notando su desahogo y, de forma pausada intuí que sus expectativas mudaban hasta volverse antagónicas.

Mentiría si no reconociese que la sonrisa lacrimosa que me adjudicó, trasfirió toda la fuerza del universo para emprender mi ascenso reptando como pude sobre su cuerpo -que seguía descansando sobre aquel lecho miserable-, sin dejar de acariciarla, despaciosamente, acompañado de mis baladas hasta llegar a la altura de su boca.

Allí le cedí uno de mis inalámbricos y le susurré que el azar caprichoso de las piedras nos había reunido en el infierno para determinarnos, que debíamos escapar de ese azote virulento, que yo no estaba dispuesto a que fuéramos las víctimas de la mordedura ponzoñosa, que se viniera a mi casa, que nos cuidaríamos juntos, serenos, entre el afecto que vuelve a resurgir para aliviar nuestras penas. Y fue ella quien, asintiendo con la cabeza, estacionó sus labios dulcemente a la espera de sentir los míos ávidos de recuerdos.

Todo se recondujo de modo tierno, ayudándonos mutuamente a reincorporarnos. Compartiendo los besos y abrazados, fuimos cruzándonos a lo largo y ancho del pasillo con multitud de gente abrumada por la presencia del sufrimiento y la muerte, que no tenía tiempo de reparar en nosotros, hasta salir a la calle.

Fue como si dos seres invisibles y silenciosos volaran sobre aquel caos en una alfombra polifónica. Sin despedidas arribamos a cielo abierto e, inmediatamente, sentimos el alivio del que se despoja de las arenas movedizas en la pleamar. Ahora gozábamos de la libertad engalanada de anhelos y descubrimos al unísono que nuestras dolencias se habían diluido entre la humedad de una amanecida en calma.

Mientras nuestras miradas se contemplaban satisfechas sin soltarnos iniciamos la vuelta a casa, fortalecidos, paseando como si no hubiese transcurrido el tiempo, luciendo el mágico encuentro resplandecidos por la música y el naciente, sin mascaras que ocultaran nuestras claras sonrisas. Y percibiendo que la vida es corta y nuestra ilusión por vivirla, larga, nos comprometimos a seguir cruzando las calles por los pasos de peatones.

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enfermos tirados por el suelo en urgencias del Hospital Infannta Leonor de Vallecas [Madrid, marzo de 2020]. Vía Clarín Internacional, 230320

 

Ojos de cuarentena [relato breve]

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[Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes]

Ojos de cuarentena

Relato breve.

La conocí en una reunión de escalera, la última antes de la cuarentena por el virus, me comentaron que era la hija del presidente, una buena chica, agradable y dispuesta a ayudar a su padre ya mayor, decían. Todos coincidieron en su buena voluntad y hacer. Me pareció joven y mágica, dispuesta a exprimir su talento para ayudar a cualquiera que lo necesitara. Lo que más me impactó fue su tímida dulzura, esa pauta de fémina suave, como esas primaveras que entran sin hacer ruido, sin apenas despertarte del duro invierno.

A los pocos días la encontré en el ascensor. Las viejas puertas ya se habían cerrado pero mi raudo índice hizo que se abrieran de nuevo. La cabina quiso facilitarme el encuentro porque por primera vez en muchos meses no se desplazaron renqueantes, en esta ocasión lo hicieron francas, limpias, sin dudas. Y allí estaba ella, de cuerpo entero, esperándome con su mascarilla puesta. Yo, que por precaución ya no compartía el ascensor con nadie, no pude resistirme ante tanto encanto oculto y comedido, y di un paso de gigante que me colocó a su lado contraviniendo todas las normas de distancia. Vestía un traje corto, blanco, muy ajustado, con los hombros desnudos y escote corazón. E iniciamos el ascenso a los cielos mirándonos persistentemente.

Con esa tela aséptica que la protegía del invisible diablo, lo ojos parecían más grandes, enormes, pero relajados y profundamente próximos. Fue esa cercanía la que hizo que aún me arrimara más hasta sentir su jadeo de ángel blanco amordazado. En un instante, mi índice, de nuevo, hizo de las suyas parando el ascensor de inmediato. La cabina se quedo entre dos plantas, quieta, silenciosa como ella, invitándome a iniciar el tanteo. Y desnudándonos el rostro convencidos de estar totalmente solos, todo fue un inicio fácil, natural, inesperadamente maravilloso.

Al día siguiente, pese a haber quedado en el terrado frente a la puerta de acceso, no se presentó a la cita. Pensaba devolverle su mascarilla y, mientras la husmeaba y besaba con avidez, no paraba de recordar aquella placidez abrazando mi cuerpo con firmeza, como si tuviese miedo a caer por el hueco del ascensor mientras los cables, como cuerdas de un guitarrón, marcaban el ritmo del gozo.

Siempre que me dejan bajar a hacer alguna compra la busco incansable por el baile de disfraces del supermercado, detrás de las cientos de máscaras que deambulan con las carrozas repletas, loco por identificar su rostro: el más angelical que jamás me haya implicado, sin hallarlo.

Y todos los días, a las ocho de la tarde, salgo al balcón con mis padres a aplaudir a rabiar a la que me lo ha entregado todo y ha transformado mi vida, con la esperanza de que atienda mi obsesión.

¡Maldita cuarentena!

Enrique Masip Segarra© [2020]. Todos los derechos reservados.

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Secuencia fotográfica de ‘el ascensor, comprendió‘[1915], de tom.asta

Coincidencias esenciales [relato breve]

[Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes]

Coincidencias esenciales

Relato breve.

Como me era imposible descifrar el pictograma de la puerta de servicio y la urgencia amenazaba con romperme el cuerpo de un espasmo, senté las posaderas en el primer váter que vi, descargando precipitadamente mi agonía intestinal.

Iniciando la recuperación ingresó sorpresivamente una joven por la puerta que, con la premura, olvidé cerrar. Todo lo hizo en un segundo, provocándome un susto terrible, como lo haría un cohete borracho, sin contemplaciones, levantándose la falda y sentándose sin mirar sobre mis muslos al tiempo que su angustia se aliviaba con apremio, a través de unas maravillosas y prietas nalgas, encima de los atributos más premiados de la ciudad, los míos. Cuando nos quisimos dar cuenta los dos éramos uno, y ya era demasiado tarde para huir espantados de aquella ciénaga coetánea.

A lo hecho, pecho, y nos quedamos mudos, fríos, cortados por el asombro de la coincidencia garrafal, calentándonos al unísono con nuestros impúdicos cuerpos plenos de coraje. Yo era consciente que descansaba sobre mis piernas una auténtica botella de butano que podía estallar en cualquier momento y, para más inri, sin cumplimentar impreso alguno previo. Continuaba paralizado por los acontecimientos. Y pasados unos segundos eternos, seguíamos allí, como actuantes y espectadores entregados a la reflexión, pero cual estatuas vivientes, artistas de la pose escatológica a la espera de un agasajo de algún dios para poder movernos.

Era martes y trece y, curiosamente, mi jornada había sido un naufragio e intuía que ella no lo había tenido mejor, por lo que la fatalidad podía convertirse en una ocasión para regenerar el día. Y, entonces, solo entonces, fue cuando tuve la verdadera percepción de la sagrada coincidencia: su espalda reposaba muy relajadamente sobre mi pecho al tiempo que yo avistaba el ojo triangular de mi dios, guiñado. Percibí la sugerencia mil veces soñada en aquel flas divino, decidiendo velozmente, romper la quietud con un éxito inmediato y festero, creando una explosión plagada de amor cropofílico recíproco.

Hoy somos pareja y, cuando queremos reconciliarnos, ingerimos nuestra pócima de cáscara sagrada a la espera de hacer el amor urgente sobre el asiento de porcelana blanca. Eso sí, con la puerta abierta, siempre con la puerta abierta…

Enrique Masip Segarra© [2020]. Todos los derechos reservados.

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Belfegor, también escrito Belphegor y Balphegor, (hebreo: בַּעַל-פְּעוֹר baʿal-pəʿōr – Señor, o Baal, de Pe’or, o de la apertura) es el nombre de un demonio de la tradición judía y cristiana. Originalmente es el nombre usado en la Septuaginta (Βεελφεγώρ) y luego en la Vulgata (Beelphegor) para el dios moabita Baal Pe’or. Más tarde fue asignado a un demonio;, como tal, Belfegor forma parte de la mitología cristiana y se convirtió en un personaje de la literatura renacentista y la cultura popular modern [Wiki]. según una ilustración del Diccionario infernal [1818].

Realidades de ensueño [relato breve]

[Colaboración especial de El Xiquet de Columbretes]

A Manolo, con sentimiento y empatía.

Relato breve
Como todos los días, estamos solos en nuestra playa admirando anonadados los colores mágicos del crepúsculo; desnudos, cogidos de la mano hasta que ha obscurecido. El mar comienza a teñirse de noche mostrándose sereno, profundo, solícito con el arenal, y sus olas suaves ondulan sin cesar aquietándose aún más sobre su contorno. A la sazón mi amor me sonríe y se sitúa de espaldas delante de mí. Nos sentamos al mismo tiempo, sin mirarnos, no hace falta, retenemos en la memoria nuestros gestos de complicidad en los que recrearnos. Ella, con un determinismo satisfecho aguarda confiada.

Es entonces cuando mis cansadas manos enjutas y deformadas que muestran la exuberancia de lo vivido y desean seguir mimando, retiran la corta melena cana y se posan delicadamente sobre su nuca; suave, muy suave, casi imperceptible, como a ella le gusta principiar. La fosforescencia de la luna creciente, como el amor que nos profesamos, perfila nuestros menguantes cuerpos. Somos dos viejos amantes empedernidos integrándonos en la fuerza infinita de la naturaleza.

Le place sentir las yemas de mis dedos efectuando movimientos cadenciosos. Y, estos, ahora, zanganean por su espalda dibujando suaves caceras henchidas de aceite de azahar, yendo y viniendo, transitando el dorso con mesura, una y otra vez. Hasta que se detienen un segundo en su columna, consumida por las sombras de la prórroga existencial.

Y, en esa línea, empiezan a obligar fuerte mis manos, decididas a desplazar a las abatidas vértebras. Moverlas para separarlas de su exilio, renovar su posición, que fluya la energía por todos los puntos ascendentes hasta llegar al cuello y, allí, producirse un silencio profundo. Es un momento trascendental, exclusivo.

Espiro el aire húmedo que me aporta la generosa ráfaga de viento, contemplando la marina y su horizonte inmortal. Mientras lo expulso lentamente, presiono la séptima cervical y, le susurro: “te quiero”, posando mis labios en el centro de su espalda y, doblando su cuello hacia atrás. Cuando nota la liberación exclama: “¡ay! amor”, acariciando mis muslos. Y remonto apretando sus vértebras una a una, lentamente, con firmeza mesurada. Y a cada liberación siguen los secretos de ternura hasta llegar a la base del cráneo, Y disfruto sus agradecidas caricias.

Es en ese mismo instante cuando mis manos se disfrazan de rastrillos prodigiosos excitando el nacimiento de sus mechones de plata, desde la nuca a la frente, a contrapelo, con reiteración. Y cuando oigo susurrar el goce, la abrazo presionando sus divinos y flácidos senos con firmeza, al tiempo que constriñe mis debilitados y esponjosos muslos.

Nos quedamos paralizados y juntos, prietos, contemplando las luces del cielo oscuro, una traza de lo que fueron. Y nos sonreímos compensados por llevar a cabo nuestra peculiar y única forma de hacer el amor bajo las estrellas, sometidos a las etapas del ciclo de vida (nada es permanente), mirando el infinito universo con nostalgia. Y es que gozamos arrimando los cuerpos aunque estén deslucidos.

Sin embargo, nuestros sueños se encuentran tan alejados de la misma vida que, a continuación, nos ayudamos al unísono para retornar a nuestra realidad levantándonos de la tinaja colmada de arena. Seguidamente paramos el castigado vídeo de la playa donde se mostraba el crepúsculo mágico, el inmenso arenal, el mar sereno, la luna creciente y el cielo estrellado de la noche. Después, apagamos la pantalla y desconectamos el viejo televisor, ocupando el camastro que nos aguarda fiel en nuestro penumbroso sótano.

Y nos acomodamos sobre el colchón de paja donde seguir fantaseando; esta vez, con los ojos cerrados, a la fresca de las rachas de nuestro humilde ventilador.

Enrique Masip Segarra [2019]. © Todos los derechos reservados.

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Atormentado

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Relato breve

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La muerte se acercó con un disfraz de ángel blanco. Y me fue imposible reconocerla para proteger a mi amor del alma.

Desde entonces, mi vida se convirtió en soledad a la búsqueda de la fulera parca, ofreciéndome a ella. Para lo que recorría todos los bailes de artificio despojando máscaras.

Mas mi ser atormentado por el recuerdo, no la halló nunca. Y, asimismo, seguía sin reparar en mí.

¡Mujer de la guadaña, segadora de vidas, por qué no me ves si ya estoy a la altura de la hierba?… le increpaba.

La indagación duró años y me cargó de penurias. Hasta que una joven desconocida y hermosa se obstinó en salvarme.

Rescatado del sumidero y avanzando ya erguido, preñado de ternura y afecto, esa mujer lozana, fresca, se arrimó febrilmente decidida a besarme por primera vez.

Y cuando sus labios húmedos rozaron los míos, rendido a sus pies, noté que su cara era un engaño.

Intenté huir, pero ya era demasiado tarde. Su inadvertido filo sesgó mi vida.

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Enrique Masip Segarra [2019]. © Todos los derechos reservados.

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El jardín de la muerte‘ [1896]. Obra del simbolista Hugo Simberg [Finlandia, 1873-1917]. Catedral de Tampere [Finlandia]

Bruta negra

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Relato breve

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Vivía en el hemisferio norte, en la estación de metro más profunda del mundo, a más de cien metros bajo tierra, donde los túneles eran arterias por las que corrían las noches más oscuras e insondables, repletas de aire viciado. Era desgarbada y confusa, tan poco femenina que muchos la definían como un travestido desatinado. Hasta los niños murmuraban sobre su aspecto repelente, eso sí, por lo bajini y con verdadero disimulo y temor. Vestía siempre con ropajes negros tornasolados, y su gesto agreste y desafiante hacía retroceder a los usuarios con los que se cruzaba.

A la gente le era difícil saber con certeza donde se ocultaba. Entendía que deambulaba por los meandros de acero de las mil vías. Muy pocos eran los que decían haberla reconocido, en alguna ocasión, pegada a las paredes de los túneles al paso de algún convoy mientras escupía sangre púrpura a las ventanillas de los vagones. Se decía que su gargajo estaba maldito y producían gran temor sus reacciones. Hasta la autoridad evitaba cruzarse con ella.

Muchos opinaban que era una manifestación corpórea impura por la displicencia de sus acciones y el fuerte hedor a moho que desprendía. Parecía estar mortificada a errar por el submundo, sollozando el desamparo y suplicando la admisión en el averno. Por eso la creían discípula de leviatán, la mensajera del mal: ‘La Bruta Negra‘.

El primer domingo después de la luna llena tras el equinoccio de primavera, estando el apeadero más profundo repleto de gente agolpada e inquieta en el andén de salida, esperando a que el tren hiciera acto de presencia, un pequeño chaval nervioso perdió la moderación y, en un movimiento negligente, se desplomó sobre la vía. En ese instante se hizo presente el convoy estableciéndose un mutismo de sobrecogimiento. Y cuando faltaba un segundo para arroyar su cuerpecito, apareció La Bruta como un relámpago y, en un acto milagroso de insólita urgencia, rescató al niño de una muerte segura, dejándolo con delicadeza al costado de su incrédula madre.

En ese mismo instante sus ropajes negros tornasolados se volvieron opacos hasta mustiarse y desaparecer; seguidamente, todo su cuerpo se comprimió hasta reducirse a un sólo punto torneado luciendo limpio, brillante, níveo. Fue entonces cuando un gran resplandor creó una huella balsámica y hechicera en el aire que se explayó ágilmente por todos los rincones de la profunda estación, haciendo que una admiración serena de la gente se agrandara en el tiempo.

Después, a medida que las miles de personas presentes inspiraban el rastro mágico sintiendo un placer extraordinario, las que sufrían dolencias físicas o penas del alma, curaban sus males. Y como si batiera unas alas invisibles, aquel punto refulgente que mudó a añil, remontó a golpes de remeras desgarbadas todas las elevaciones hasta salir al exterior y perderse en el cielo, tras el asombro de todos.

Algunos iluminados revelaron que, tras trazar un rombo sorprendente en el aire, se introdujo en un platillo volante de los pequeños ectomitas en dirección a las Pléyades. Para formar parte de una nueva estrella azul en el “Montz” estelar de las siete hermanas, a casi medio millón de años luz. Junto a Gucumatz, el gran corazón del cielo.

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Enrique Masip Segarra [2019]. © Todos los derechos reservados.

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Curva de un tunel del Metro de San Petersburgo. Vía [original en color].

Cartones extremos

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Relato breve

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Esta sociedad ha recibido un golpe tremendo,  con sonido grave y  hueco de linga africana. Recordándonos que la pobreza  del sur está demasiado cerca, que ya nos palpa. Llevamos  demasiados años en  crisis económica y seguimos estrangulados por los débitos.

Mi caso es uno más entre miles de trabajadores que nos encontramos en la indigencia por culpa del paro que no cesa y, asimismo, sufrimos los avatares terribles de un divorcio perdedor por un trato desigual para las partes. Y con descendientes: herederos de la nada constreñida.

Aquí nos vemos, emplazados debajo de los voladizos generosos, oscuros y fríos de la gran ciudad, sin el sello de Dios, atormentados por las langostas del Apocalipsis. Condenados a estar inmovilizados en la contemplación disipada de los resguardos de cartón ondulado, mientras agonizamos desaliñados, arrastrando viejas y excesivas obligaciones imposibles.

Por eso estoy indignado con el Ayuntamiento quien, a través de una empresa mixta que regenta el cementerio de la ciudad, me ha hecho saber que dispongo de pocos días para pagar los gastos de los nichos de mis ancestros, amenazándome con la retirada de los cuerpos y consiguiente ingreso en una fosa común.

No me pregunten cómo han conseguido dar conmigo y, aún más grave: ¡cómo coño tienen el valor de  exigirme un pago inadmisible, ahora que estoy arrastrando mi incertidumbre y sufrimiento por “favelas” de emergencia, minúsculas y frágiles? Jamás entenderé que estos canallas no tengan piedad de mi desespero y calamitosa vejez de subsistencia.

Lo único que me queda en esta vida son los santos restos de mi madre, a la que visito todos los días y le ofrezco las flores de temporada que me procura el entorno baldío y próximo. Flores espontáneas, humildes pequeñas y delicadas pero genuinas, plagadas de amor de hijo agradecido.

Cada vez que pienso que pueden arrebatarme sus huesos, tiemblo de dolor e ira. Y manan de mi irritada faringe los improperios  más duros.  ¡De ningún modo voy a consentir que me desposean de lo último que permanece en mi alma!: los restos de un afecto sublime. Por eso he decidido asaltar el campo santo con audacia desesperada y nocturnidad y, antes de que me la tiren a la fosa de los sin nombre, llevármela conmigo, junto a mí para siempre.

Eligiendo una noche cerrada, lluviosa y con viento irascible para evitar encontrarme con guardas sin alma, llevo herramientas viejas y prestadas para despojar su tumba. Mi decisión es firme y aunque se ha instalado el frío en mi viejo cuerpo y ya estoy calado hasta los huesos, me encuentro encima del murallón que marca el perímetro del cementerio, preparado para todo.

Los cipreses se mecen violentamente sacudiéndose el exceso de agua produciendo un particular sonido que, combinado con los de la tormenta, es un todo inexplicable: amasijo de rumores y estridencias de un mundo secreto  y profundo. Pero sigo con paso decidido abriéndome camino entre la densidad del aguacero y las tumbas desconocidas, hasta que una racha de viento prieto me arroja contra el nicho de mi querida madre.

La linterna china que porto en la frente es un tanto ociosa pero alcanzo a orientarme. Y comienzo a descalabrar con un escarpe y una maza la lápida negra. Cada vez que golpeo con fuerza bruta, pido a las almas difuntas que chillen al unísono para incrementar la locura de retumbos que recorren el paisaje fúnebre y acuoso de la noche y, de este modo, enmascararme como  alma en pena que berrea su sufrimiento.

Tengo suerte, y, en pocos minutos, extraigo el viejo ataúd. Lo abro, miro impresionado a mi mamá esqueleto y empiezo con urgencia a introducir todos sus huesos en el saco prestado, hasta que me quedo suspendido, gimiendo de dolor. Me sacude un trueno bestial dejándome sin aliento; después, siento como me embarga una especial complacencia.

Las rachas de viento huracanado arrojan el agua contra su cuerpo de calcio, con una presión digna de una manguera de bombero dispuesta a aplacar el fuego de la angustia que me calcina. Esto me facilita la tarea. Sólo un fémur se resiste a salir de su viejo hospedaje y lo retuerzo con cariño, una y otra vez, hasta desalojarlo del coxal de la cadera.

Cuando me doy cuenta, ya estoy corriendo con el saco a cuestas hacia la libertad acompañado de mi amada madre. El atolondramiento y mi torpe cuerpo me hacen resbalar varias veces y, en alguna de ellas, voy a parar a resguardos roncos y profundos, donde reinan las cruces excesivas, coincidiendo con relámpagos que me alumbran; son nuevos impulsos para abandonar definitivamente el lugar.

Ya fuera del cementerio, de una forma casi inmediata amainan todos los vientos, lluvias y estrépitos, quedando solo los ecos que se desvanecen gradualmente. Entre ese murmullo decreciente creo distinguir aplausos de ultra tumba, encomios de reconocimiento y alegría por el trabajo bien hecho, y sonrío. Pues ya está conmigo.

Esa misma madrugada bajo al barranco más próximo  y, sobre una piedra oculta y deprimida, con un sigilo hinchado, me dedico a moler a golpes todos sus huesos hasta fragmentarla en mil trocitos  fáciles de acarrear. Con paciencia infinita puedo introducirla en unas bolsas de supermercado y pegarlas a mi cuerpo con toda mi fuerza.

De regreso, al pasar por una escombrera, descubro una mochila rosa de algún escolar; es probable que se deshiciera de ella una niña adolescente. Tiene un tirante roto y lo anudo con fuerza e introduzco a mi madre en ella. Era su color preferido, seguro que estará satisfecha. Cuando paso frente a la puerta del blanco cementerio, mirando hacia las oficinas, sonrío de nuevo y les doy un corte de manga extendiendo el dedo corazón con verdadera disposición.

Ya estamos juntos de nuevo, como cuando era niño y me acariciaba besándome para alegrar mi corazón. Siento que ya soy dos y busco un lugar más apropiado para convivir apaciblemente con ella. Por fin he conseguido cajas de cartón de un gramaje más contundente. Juntos podremos sobrellevar mejor la desdicha que nos trae esta sociedad insensible, impávida, como las noches largas y frías del invierno que nos hielan los cuerpos decrépitos y deslucidos.

Esta noche, desde mi lecho pardo con almohada rosa que me emociona, miro el cielo negro, plagado de destellos minúsculos: desconocido, profundamente inmenso, interminable, ofreciéndonos la belleza de lo recóndito. Y, yo, tratando de razonar lo mágico, o incluso lo místico del azar que nos ha juntado de nuevo. Imposible.

Ahora ya no tengo miedo a la soledad que me mordía el alma, disfruto de un ser lúcido que restriega mi cuerpo en silencio, con los recuerdos dulces y risueños. Es un masaje que produce relámpagos que llegan de súbito iluminando mi mente, trasladándola hacia la conciencia integral. Y crean frente a mí, paisajes extraordinarios, enfocados, nítidos, repletos de aguardos ilusionantes.

Ahora ya no tengo miedo a la soledad que me mordía el alma, porque mi madre y yo la hemos vencido. Y lo que más quiero habitará eternamente conmigo.

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Enrique Masip Segarra [2019]. © Todos los derechos reservados.

enriquemasipsegarra.wordpress.com
enmasecs@hotmail.com

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Nota. Las fotos provienen de la cripta del Cementerio de Laeken [Bruselas, 1885-1978], antes de su restauración. Vía Documenting Reality.

Coliflor

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Relato breve

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Mientras el aire seco es incapaz de remontar, mi cuerpo asciende sin cesar hasta arribar a un grupo de cúmulos grandiosos con prominencias que configuran la imagen representativa del nombre de mi amor, y yo me muevo entre sus continuas deformaciones milagrosas, como un todo. Siento mi liviandad y me dejo llevar por los nimbos níveos. La complacencia es infinita junto a Coliflor, mi sublime deseo, y continúo alucinando repleto de deleite; es el buen tiempo para gozar de las caricias relucientes que siguen a su perdón cíclico.

Sin embargo, cuando me condena por mis acciones poco gustosas -según su parecer- a ocupar un cacho de cielo ennegrecido para incomodarme, no es lo mismo. Ese espacio es un purgatorio severo repleto de nimbostratos, nubes negras muy opacas que amenazan tormentas de nieve que me hacen temblar de frío hasta entumecerme el alma.

El error posiblemente estribe en que su desarrollo poético y espiritual se ha sublimizado en exceso, mientras que en mi caso reposan sobre una base más pragmática. Una evolución desigual que hace que mis códigos sean otros, muy lejanos de sus principios. Pero, a pesar de ello, sé que siempre me perdonará, pues es conocedora de que todos carecemos de culpa. Por ello quedo aguardando el nuevo encuentro.

Mas cuando pasado un tiempo no logro su indulto, caigo en la zanja del infierno, en la áspera y dura tierra que me aguarda. Severa realidad. Y en ese instante comienzo a deambular sin sentido entre estrechas dunas conglomeradas, densas, prietas de orgullo ofendido. Ni siquiera me decido a levantar la vista para percibirla entre las nubes. Y me quedo recluido en una insignificante hendidura como palomo sin grano esperando la muerte.

Llegado a este punto, acabo teniendo necesidad de creer en el avance y, por lo tanto, permanezco al aguardo de que reconozca con naturalidad mis errores, mis limitaciones y conductas que la desconciertan; y las acepte disolviendo el arrebato y regenerando las malas huellas. Sólo espero la reprobación definitiva o un signo de devoción sublime. Pero… ¡que consienta mis sombras, por Dios!

Y justo en el segundo que me absuelve una vez más, se estremece mi ser como nunca lo he percibido. Me limpio y engalano con mis prendas inmaculadas y me digo satisfecho: el aire seco es incapaz de ascender y, sin embargo, mi cuerpo remonta sin cesar hasta lograr infiltrarse en un extraordinario cumulonimbo y permanecer suspendido. Es entonces cuando siento estar en una mágica algodonera erguida, cernido por mis gozos hasta alcanzar las inconmensurables glorias.

Coronando los doce mil, allí está ella, con los brazos extendidos. Y los dos relucimos de nuevo.

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Enrique Masip Segarra [2019]. © Todos los derechos reservados.

enriquemasipsegarra.wordpress.com
enmasecs@hotmail.com

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Coliflor [Brassica oleracea var. botrytis]. Variedad de la especie Brassica oleracea, en el grupo de cultivares Botrytis de la familia Brassicaceae.