Atormentado

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Relato breve

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La muerte se acercó con un disfraz de ángel blanco. Y me fue imposible reconocerla para proteger a mi amor del alma.

Desde entonces, mi vida se convirtió en soledad a la búsqueda de la fulera parca, ofreciéndome a ella. Para lo que recorría todos los bailes de artificio despojando máscaras.

Mas mi ser atormentado por el recuerdo, no la halló nunca. Y, asimismo, seguía sin reparar en mí.

¡Mujer de la guadaña, segadora de vidas, por qué no me ves si ya estoy a la altura de la hierba?… le increpaba.

La indagación duró años y me cargó de penurias. Hasta que una joven desconocida y hermosa se obstinó en salvarme.

Rescatado del sumidero y avanzando ya erguido, preñado de ternura y afecto, esa mujer lozana, fresca, se arrimó febrilmente decidida a besarme por primera vez.

Y cuando sus labios húmedos rozaron los míos, rendido a sus pies, noté que su cara era un engaño.

Intenté huir, pero ya era demasiado tarde. Su inadvertido filo sesgó mi vida.

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Enrique Masip Segarra [2019]. © Todos los derechos reservados.

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enmasecs@hotmail.com

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El jardín de la muerte‘ [1896]. Obra del simbolista Hugo Simberg [Finlandia, 1873-1917]. Catedral de Tampere [Finlandia]

Bruta negra

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Relato breve

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Vivía en el hemisferio norte, en la estación de metro más profunda del mundo, a más de cien metros bajo tierra, donde los túneles eran arterias por las que corrían las noches más oscuras e insondables, repletas de aire viciado. Era desgarbada y confusa, tan poco femenina que muchos la definían como un travestido desatinado. Hasta los niños murmuraban sobre su aspecto repelente, eso sí, por lo bajini y con verdadero disimulo y temor. Vestía siempre con ropajes negros tornasolados, y su gesto agreste y desafiante hacía retroceder a los usuarios con los que se cruzaba.

A la gente le era difícil saber con certeza donde se ocultaba. Entendía que deambulaba por los meandros de acero de las mil vías. Muy pocos eran los que decían haberla reconocido, en alguna ocasión, pegada a las paredes de los túneles al paso de algún convoy mientras escupía sangre púrpura a las ventanillas de los vagones. Se decía que su gargajo estaba maldito y producían gran temor sus reacciones. Hasta la autoridad evitaba cruzarse con ella.

Muchos opinaban que era una manifestación corpórea impura por la displicencia de sus acciones y el fuerte hedor a moho que desprendía. Parecía estar mortificada a errar por el submundo, sollozando el desamparo y suplicando la admisión en el averno. Por eso la creían discípula de leviatán, la mensajera del mal: ‘La Bruta Negra‘.

El primer domingo después de la luna llena tras el equinoccio de primavera, estando el apeadero más profundo repleto de gente agolpada e inquieta en el andén de salida, esperando a que el tren hiciera acto de presencia, un pequeño chaval nervioso perdió la moderación y, en un movimiento negligente, se desplomó sobre la vía. En ese instante se hizo presente el convoy estableciéndose un mutismo de sobrecogimiento. Y cuando faltaba un segundo para arroyar su cuerpecito, apareció La Bruta como un relámpago y, en un acto milagroso de insólita urgencia, rescató al niño de una muerte segura, dejándolo con delicadeza al costado de su incrédula madre.

En ese mismo instante sus ropajes negros tornasolados se volvieron opacos hasta mustiarse y desaparecer; seguidamente, todo su cuerpo se comprimió hasta reducirse a un sólo punto torneado luciendo limpio, brillante, níveo. Fue entonces cuando un gran resplandor creó una huella balsámica y hechicera en el aire que se explayó ágilmente por todos los rincones de la profunda estación, haciendo que una admiración serena de la gente se agrandara en el tiempo.

Después, a medida que las miles de personas presentes inspiraban el rastro mágico sintiendo un placer extraordinario, las que sufrían dolencias físicas o penas del alma, curaban sus males. Y como si batiera unas alas invisibles, aquel punto refulgente que mudó a añil, remontó a golpes de remeras desgarbadas todas las elevaciones hasta salir al exterior y perderse en el cielo, tras el asombro de todos.

Algunos iluminados revelaron que, tras trazar un rombo sorprendente en el aire, se introdujo en un platillo volante de los pequeños ectomitas en dirección a las Pléyades. Para formar parte de una nueva estrella azul en el “Montz” estelar de las siete hermanas, a casi medio millón de años luz. Junto a Gucumatz, el gran corazón del cielo.

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Enrique Masip Segarra [2019]. © Todos los derechos reservados.

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Curva de un tunel del Metro de San Petersburgo. Vía [original en color].

Cartones extremos

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Relato breve

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Esta sociedad ha recibido un golpe tremendo,  con sonido grave y  hueco de linga africana. Recordándonos que la pobreza  del sur está demasiado cerca, que ya nos palpa. Llevamos  demasiados años en  crisis económica y seguimos estrangulados por los débitos.

Mi caso es uno más entre miles de trabajadores que nos encontramos en la indigencia por culpa del paro que no cesa y, asimismo, sufrimos los avatares terribles de un divorcio perdedor por un trato desigual para las partes. Y con descendientes: herederos de la nada constreñida.

Aquí nos vemos, emplazados debajo de los voladizos generosos, oscuros y fríos de la gran ciudad, sin el sello de Dios, atormentados por las langostas del Apocalipsis. Condenados a estar inmovilizados en la contemplación disipada de los resguardos de cartón ondulado, mientras agonizamos desaliñados, arrastrando viejas y excesivas obligaciones imposibles.

Por eso estoy indignado con el Ayuntamiento quien, a través de una empresa mixta que regenta el cementerio de la ciudad, me ha hecho saber que dispongo de pocos días para pagar los gastos de los nichos de mis ancestros, amenazándome con la retirada de los cuerpos y consiguiente ingreso en una fosa común.

No me pregunten cómo han conseguido dar conmigo y, aún más grave: ¡cómo coño tienen el valor de  exigirme un pago inadmisible, ahora que estoy arrastrando mi incertidumbre y sufrimiento por “favelas” de emergencia, minúsculas y frágiles? Jamás entenderé que estos canallas no tengan piedad de mi desespero y calamitosa vejez de subsistencia.

Lo único que me queda en esta vida son los santos restos de mi madre, a la que visito todos los días y le ofrezco las flores de temporada que me procura el entorno baldío y próximo. Flores espontáneas, humildes pequeñas y delicadas pero genuinas, plagadas de amor de hijo agradecido.

Cada vez que pienso que pueden arrebatarme sus huesos, tiemblo de dolor e ira. Y manan de mi irritada faringe los improperios  más duros.  ¡De ningún modo voy a consentir que me desposean de lo último que permanece en mi alma!: los restos de un afecto sublime. Por eso he decidido asaltar el campo santo con audacia desesperada y nocturnidad y, antes de que me la tiren a la fosa de los sin nombre, llevármela conmigo, junto a mí para siempre.

Eligiendo una noche cerrada, lluviosa y con viento irascible para evitar encontrarme con guardas sin alma, llevo herramientas viejas y prestadas para despojar su tumba. Mi decisión es firme y aunque se ha instalado el frío en mi viejo cuerpo y ya estoy calado hasta los huesos, me encuentro encima del murallón que marca el perímetro del cementerio, preparado para todo.

Los cipreses se mecen violentamente sacudiéndose el exceso de agua produciendo un particular sonido que, combinado con los de la tormenta, es un todo inexplicable: amasijo de rumores y estridencias de un mundo secreto  y profundo. Pero sigo con paso decidido abriéndome camino entre la densidad del aguacero y las tumbas desconocidas, hasta que una racha de viento prieto me arroja contra el nicho de mi querida madre.

La linterna china que porto en la frente es un tanto ociosa pero alcanzo a orientarme. Y comienzo a descalabrar con un escarpe y una maza la lápida negra. Cada vez que golpeo con fuerza bruta, pido a las almas difuntas que chillen al unísono para incrementar la locura de retumbos que recorren el paisaje fúnebre y acuoso de la noche y, de este modo, enmascararme como  alma en pena que berrea su sufrimiento.

Tengo suerte, y, en pocos minutos, extraigo el viejo ataúd. Lo abro, miro impresionado a mi mamá esqueleto y empiezo con urgencia a introducir todos sus huesos en el saco prestado, hasta que me quedo suspendido, gimiendo de dolor. Me sacude un trueno bestial dejándome sin aliento; después, siento como me embarga una especial complacencia.

Las rachas de viento huracanado arrojan el agua contra su cuerpo de calcio, con una presión digna de una manguera de bombero dispuesta a aplacar el fuego de la angustia que me calcina. Esto me facilita la tarea. Sólo un fémur se resiste a salir de su viejo hospedaje y lo retuerzo con cariño, una y otra vez, hasta desalojarlo del coxal de la cadera.

Cuando me doy cuenta, ya estoy corriendo con el saco a cuestas hacia la libertad acompañado de mi amada madre. El atolondramiento y mi torpe cuerpo me hacen resbalar varias veces y, en alguna de ellas, voy a parar a resguardos roncos y profundos, donde reinan las cruces excesivas, coincidiendo con relámpagos que me alumbran; son nuevos impulsos para abandonar definitivamente el lugar.

Ya fuera del cementerio, de una forma casi inmediata amainan todos los vientos, lluvias y estrépitos, quedando solo los ecos que se desvanecen gradualmente. Entre ese murmullo decreciente creo distinguir aplausos de ultra tumba, encomios de reconocimiento y alegría por el trabajo bien hecho, y sonrío. Pues ya está conmigo.

Esa misma madrugada bajo al barranco más próximo  y, sobre una piedra oculta y deprimida, con un sigilo hinchado, me dedico a moler a golpes todos sus huesos hasta fragmentarla en mil trocitos  fáciles de acarrear. Con paciencia infinita puedo introducirla en unas bolsas de supermercado y pegarlas a mi cuerpo con toda mi fuerza.

De regreso, al pasar por una escombrera, descubro una mochila rosa de algún escolar; es probable que se deshiciera de ella una niña adolescente. Tiene un tirante roto y lo anudo con fuerza e introduzco a mi madre en ella. Era su color preferido, seguro que estará satisfecha. Cuando paso frente a la puerta del blanco cementerio, mirando hacia las oficinas, sonrío de nuevo y les doy un corte de manga extendiendo el dedo corazón con verdadera disposición.

Ya estamos juntos de nuevo, como cuando era niño y me acariciaba besándome para alegrar mi corazón. Siento que ya soy dos y busco un lugar más apropiado para convivir apaciblemente con ella. Por fin he conseguido cajas de cartón de un gramaje más contundente. Juntos podremos sobrellevar mejor la desdicha que nos trae esta sociedad insensible, impávida, como las noches largas y frías del invierno que nos hielan los cuerpos decrépitos y deslucidos.

Esta noche, desde mi lecho pardo con almohada rosa que me emociona, miro el cielo negro, plagado de destellos minúsculos: desconocido, profundamente inmenso, interminable, ofreciéndonos la belleza de lo recóndito. Y, yo, tratando de razonar lo mágico, o incluso lo místico del azar que nos ha juntado de nuevo. Imposible.

Ahora ya no tengo miedo a la soledad que me mordía el alma, disfruto de un ser lúcido que restriega mi cuerpo en silencio, con los recuerdos dulces y risueños. Es un masaje que produce relámpagos que llegan de súbito iluminando mi mente, trasladándola hacia la conciencia integral. Y crean frente a mí, paisajes extraordinarios, enfocados, nítidos, repletos de aguardos ilusionantes.

Ahora ya no tengo miedo a la soledad que me mordía el alma, porque mi madre y yo la hemos vencido. Y lo que más quiero habitará eternamente conmigo.

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Enrique Masip Segarra [2019]. © Todos los derechos reservados.

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Nota. Las fotos provienen de la cripta del Cementerio de Laeken [Bruselas, 1885-1978], antes de su restauración. Vía Documenting Reality.

Coliflor

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Relato breve

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Mientras el aire seco es incapaz de remontar, mi cuerpo asciende sin cesar hasta arribar a un grupo de cúmulos grandiosos con prominencias que configuran la imagen representativa del nombre de mi amor, y yo me muevo entre sus continuas deformaciones milagrosas, como un todo. Siento mi liviandad y me dejo llevar por los nimbos níveos. La complacencia es infinita junto a Coliflor, mi sublime deseo, y continúo alucinando repleto de deleite; es el buen tiempo para gozar de las caricias relucientes que siguen a su perdón cíclico.

Sin embargo, cuando me condena por mis acciones poco gustosas -según su parecer- a ocupar un cacho de cielo ennegrecido para incomodarme, no es lo mismo. Ese espacio es un purgatorio severo repleto de nimbostratos, nubes negras muy opacas que amenazan tormentas de nieve que me hacen temblar de frío hasta entumecerme el alma.

El error posiblemente estribe en que su desarrollo poético y espiritual se ha sublimizado en exceso, mientras que en mi caso reposan sobre una base más pragmática. Una evolución desigual que hace que mis códigos sean otros, muy lejanos de sus principios. Pero, a pesar de ello, sé que siempre me perdonará, pues es conocedora de que todos carecemos de culpa. Por ello quedo aguardando el nuevo encuentro.

Mas cuando pasado un tiempo no logro su indulto, caigo en la zanja del infierno, en la áspera y dura tierra que me aguarda. Severa realidad. Y en ese instante comienzo a deambular sin sentido entre estrechas dunas conglomeradas, densas, prietas de orgullo ofendido. Ni siquiera me decido a levantar la vista para percibirla entre las nubes. Y me quedo recluido en una insignificante hendidura como palomo sin grano esperando la muerte.

Llegado a este punto, acabo teniendo necesidad de creer en el avance y, por lo tanto, permanezco al aguardo de que reconozca con naturalidad mis errores, mis limitaciones y conductas que la desconciertan; y las acepte disolviendo el arrebato y regenerando las malas huellas. Sólo espero la reprobación definitiva o un signo de devoción sublime. Pero… ¡que consienta mis sombras, por Dios!

Y justo en el segundo que me absuelve una vez más, se estremece mi ser como nunca lo he percibido. Me limpio y engalano con mis prendas inmaculadas y me digo satisfecho: el aire seco es incapaz de ascender y, sin embargo, mi cuerpo remonta sin cesar hasta lograr infiltrarse en un extraordinario cumulonimbo y permanecer suspendido. Es entonces cuando siento estar en una mágica algodonera erguida, cernido por mis gozos hasta alcanzar las inconmensurables glorias.

Coronando los doce mil, allí está ella, con los brazos extendidos. Y los dos relucimos de nuevo.

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Enrique Masip Segarra [2019]. © Todos los derechos reservados.

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Coliflor [Brassica oleracea var. botrytis]. Variedad de la especie Brassica oleracea, en el grupo de cultivares Botrytis de la familia Brassicaceae.

¿Túneles a mí?

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Relato breve

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Malditos coches eléctricos, están por todas partes y, lo peor, es que no los oyes, te vuelven disminuido. Son como búhos de la noche silenciosa a la captura del peatón distraído con sus bagatelas de mensajes telefónicos. ¿Será posible que por mirar al político de la oposición disfrazado de lagarterana, contando un chiste malo, haya acabado en la cama de un hospital con carencias debido a la crisis económica y a la epidemia de gripe invernal de turno? Pues así es.

Bueno, por fin han encontrado una cama donde poner mi cuerpo quebrantado por el atropello, plagado de vías y tubos a la espera de entrar en el quirófano. Estoy en el pasillo haciendo cola y me duele todo, hasta el collarín que me han puesto. Y la certeza de que, antes o después, todos estos viejos que están por todas partes y que no se han puesto la vacuna contra la gripe, acabarán infectándome acrecentando mi delicada situación. Menos mal que aún soy capaz de reflexionar y no se me ha ido la mollera tras el brutal golpe.

Se acerca una enfermera y, después de observar los goteros, parece que me dice algo agradable, pero no soy capaz de deducir lo que escucho. Seguramente deben ser palabras de ánimo, pues ya empuja el camastro con una sonrisa compasiva acelerando en dirección a la sala de operaciones.

Acabado de entrar, y recién colocado sobre el la mesa de operaciones me ciega una luz intensa, la fría de la lámpara central. Nada es igual ya, mi percepción siente que el cuerpo se disipa mientras me desangro. La razón mermada registra el traslado a una nebulosa distante donde comienza a oscilar entre imágenes de esmeraldas que se me avecinan y facinerosos sin rostro disponiéndose a manipular mi cuerpo. Noto, como mi conciencia lentamente remite hasta pasar a otra frecuencia más elevada.

Tengo frente a mí una luminaria diferente, esta vez es lejana, diría que prodigiosa, de origen desconocido que proyecta su inmaculada intensidad a través de un túnel de apariencia recia y, al unísono, delicada, suave, casi etérea. Y yo estoy dentro apaciblemente conforme, sin expectativa alguna, con el único interés en deambular mi vista por el corredor. Hasta que unos seres traslúcidos de rostros familiares me indican amablemente y con delicadeza el camino inexorable de la muerte. Y quedo sorprendido ante tal afirmación.

¿Pero qué coño me están diciendo… ¿que me estoy muriendo? Si es así, me niego rotundamente y doy marcha atrás de inmediato, no estoy por la labor de facilitar a nadie el viaje de marras. Faltaría más que ahora que había rehecho mi vida con un trabajo digno y un amor ardiente que ni soñado, por culpa de un santiamén inadvertido me vea en esta tesitura; ni hablar. Me niego. Les digo, sin aliento.

Mas estos seres limpios, trasparentes y conocidos, insisten amables en persuadirme que no hay vuelta atrás, que mi plaza es firme y me enaltecen lo suficiente para que mis pies dejen de pertenecerme. Ahora estoy flotando sobre la manifestación lumínica sorprendente de aquel túnel de presagio nefasto. Cuando me quiero dar cuenta, la luz ha ingresado en todo mi cuerpo integrándose de tal manera que yo, ya formo parte de ese fantástico fanal de paz que atrae a los muertos.

Es ahora cuando me vienen los recuerdos y esperanzas de toda mi existencia material y me rebelo de nuevo. La vida es una aventura preciosa y no consiento que nadie me imponga un tránsito irremediable. No deseo arribar a ningún plano de luz. Pero una y otra vez recibo mensajes claros de que debo rectificar, darme cuenta que he fallecido, que no hay vuelta atrás, que ya he desencarnado, y aceptarlo con naturalidad y alegría. ¿Pero cómo coño puedo estar alegre alejándome de mi apasionado amor, del mejor cuerpo que jamás he tenido en mis brazos? ¡Están locos!

E insisten mis almas afines: “No eres una criatura humana en una aventura espiritual, sino una criatura espiritual en una aventura humana”* que ha finalizado. Me hablan una y otra vez de que en este tránsito debo retomar conciencia de mi estado, prescindir de cualquier noción identitaria y, de esta manera, volver a ser lo que siempre fui: un ángel del Universo Infinito, Y si no lo acepto, habré de seguir en el tránsito evolucionando en consciencia hasta tener lugar la aceptación. Mas sigo manteniendo la percepción del yo mismo con firmeza rancia. Y quiero volver a la “impermanencia” con ella, mi fogosidad.

Esta gente tan amable y persistente hasta el agobio no entiende que yo no creo en nada de todo esto que me hablan. ¡Que soy ateo, coño! Y todo me parece un cuento trasnochado de hadas para niñatas, negándome a desistir empuñando mis razones terrenales que son las únicas válidas. Pero son incansables. Harto de la presión suelto un ¡basta ya! resuelto pero… nada, siguen dale que te pego.

Hasta que el grupo “álmico” me hace saber que ya no dispongo ni de testosterona ni de tiempo, y que si sigo tan tozudo, lo único que podría conseguir es una reencarnación obligada y nefasta, de esas que dejan huella más allá de la vida. Claro, volver a reencarnarme en otra persona para seguir viviendo experiencias enriquecedoras y evolucionar más, crecer hasta alcanzar el verdadero y completo conocimiento del alma, como dicen, sí, por seguirles la corriente; pero si en ningún caso puedo volver a estar como antes, con mi amor… no me interesa. Y me niego una vez más.

Mientras maldigo mi suerte declarándome en contra de todo mi infortunio, siento algo nuevo, especial, de posible contrasentido herciano. Algo manifestado. Y de inmediato, me veo como un embrión dentro de un útero. Y detracto esa nueva reencarnación, pues me aleja definitivamente de mi febril amor. Ahora, decepcionado, no tengo más remedio que aceptar la realidad, hacerla mía con gran pesar.

Tardo poco tiempo en descubrir que estoy creciendo dentro del útero de una madre muy especial: mi apasionado amor. Su voz es inconfundible y empiezo a valorar en cierta medida la oportunidad que se me da. Por lo menos, puedo sentir de nuevo su piel y gozar de su mirada. Acercarme a ella como su próximo hijo, con la esperanza de poder sentir sus abrazos y besos mientras me entrega sus pechos repletos de leche.

Y cuando más animoso estoy, quiere la fatalidad, o vea usted a saber, yo tengo mis dudas, que el embarazo concluya en un parto espinoso y desalmado con las consiguientes pérdidas de nuestras vidas terrenales: la mía recién iniciada y la de mi amor pasional (en ese instante, mi madre). Con lo que acabamos los dos en la entrada del túnel frente a la luz distante. Yo, en sus brazos acercándonos a nuestro nuevo destino y dispuestos, esta vez sí, a fusionarnos con ella con todas las consecuencias. El regreso a nuestra verdadera morada, en el plano de luz. Para existir eternamente en el amor divino del vacío que llena el todo vibracional.

Que se le va a hacer. Nunca he tenido suerte del todo. Quizá en otra reencarnación me salga todo mejor, aunque en mí suena a contrasentido. En fin, habrá que estar a la que cae, nunca se sabe.

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Enrique Masip Segarra [2019]. © Todos los derechos reservados.

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De la reencarnación en el arte hinduísta.

Himalayan Academy Publications, Kapaa, Kauai, Hawaii. Satguru Sivaya Subramuniyaswami

De la vida alimentaria de Miravetis

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Sobre alimentaciones

Visto que hay ciertos lectores que demandan saber algo más a cerca de la vida alimentaria del abuelo Miravetis, paso a exponer algunos detalles que me ha revelado últimamente.

Para empezar hace hincapié en que hay que dormir ocho horas diarias y, para ello, se toma una pastilla de melatonina antes de introducirse en el camastro.

Cuando se levanta, la primera actividad que realiza es una serie de ejercicios de elasticidad y fuerza e, inmediatamente, ejecuta ejercicios de coordinación y reflejos con pelota de esponja densa para, después, realizar ejercicio sobre el tubo mágico y la barra fija. Una vez finalizados, pasa a asearse.

A continuación, siguiendo los consejos de la medicina ayurvédica, recordados por Andreas Moritz [Alemania, 1954-2012] practica los enjuagues y buches de boca con aceite virgen extra de girasol –una cucharada- pasándose la lengua por todas las encías y masajeándolas. Después de no más de diez minutos, escupe el aceite y enjuaga la boca con agua y bicarbonato, hasta dejarla totalmente limpia. Es un depurador de la sangre muy eficaz, me dice. Seguidamente, se prepara un zumo de limón desintoxicante, de este modo:

En un bote de cristal de gran capacidad, introduce un litro de agua muy poco mineralizada y con muy poco residuo y, a poder ser, templada; a continuación coloca un colador en la boca del bote y vuelca en su interior el zumo de un limón recién exprimido, una cucharadita de postre colmada de jengibre fresco rayado al momento, y una cucharadita colmada de miel. Se revuelve todo y se toma lentamente.

Me dice que conviene utilizar un rallador de aprox. 20 cms de largo con los orificios pequeños. Se debe de rallar encima de un plato hondo y, a continuación, dejar caer agua muy templada sobre toda la zona rallada para arrastrar el jengibre hasta el plato. Para, después, volcar con pericia el agua al colador que está sobre el recipiente al que, previamente, se ha introducido el zumo de limón. Por último, se introduce la miel, se remueve y se toma.

Sostiene que utiliza este sistema depurativo por estar muy contrastado y ser muy efectivo, recomendado, además, por Anthony William.

A la media hora se puede ingerir el desayuno dulce y prodigioso del abuelo Miravetis, es decir, su particular papilla, esto es:

La noche anterior prepara un vaso de arándanos congelados y los deja en el frigorífico. Además, muele en el molinillo de café, durante doce segundos, los siguientes productos: una cucharadita de postre colmada de polen seco, una más de semillas de chía, otra de sésamo tostado y dos de amaranto. Una vez molidas las vuelca en un vaso y les añade un poco de agua mientras las remueve con el mango de la cucharita hasta convertirlo en pasta. A continuación, la deja en el frigorífico.

A la mañana siguiente, después de tomar la bebida desintoxicante ya referida, pasa a preparar el resto de ingredientes. Empieza por volcar en un recipiente cilíndrico de acero inox (utiliza una cubitera para una sola botella de cava) lo preparado por la noche anterior, o sea, los arándanos y, a continuación, la pasta de semillas y polen. Seguidamente, introduce en un vaso muy seco, media cucharadita de cacao en polvo desgrasado, una cucharadita de postre de germen de trigo, otra de canela en polvo, dos más de levadura de cerveza, otra de semillas de cáñamo, dos de polvo de cebada y dos más de alga espirulina en polvo. Después introduce dos cucharaditas de postre colmadas de semillas de calabaza y una de semillas de girasol.

Todo se remueve con el mango de la cucharita hasta dejarlo bien mezclado y lo vuelca a continuación en la cubitera de acero. Y sigue introduciendo productos de la huerta como el apio – dos pencas-, una zanahoria de buen tamaño, tres o cuatro dedos de pepino, una hoja grandecita de kalanchoe Daigremontiana o cuatro dedos de hoja de aloe vera pelada –si se puede, se deben alternar cada dos meses-, de medio a un vaso de perejil fresco, otro de cilantro, dos ajos negros, una manzana (a poder ser de piel roja) y un plátano maduro; y, como últimos ingredientes, dos cucharadas soperas de aceite de lino y dos de alga dulce que, previamente, se ha dejado en remojo durante tres minutos. Se tritura todo y bate con el túrmix de varilla a poca velocidad hasta dejar la papilla en perfecto estado.

Tal volumen de papilla debe ser repartida en dos tomas, la ya referida del desayuno y, a mediodía, la segunda. En tal sentido, es recomendable apartar la mitad para volcarla en un recipiente de cristal con tapa hermética al que, anteriormente, se le ha cubierto todo el cristal con cinta aislante negra para evitar que entre la luz. Se debe de llenar hasta rebosar para que no quede aire y, lo que se haya salido, se limpia debajo del grifo; se seca y pasa a la nevera para que se conserve bien hasta ingerirlo a la hora de comer. 

Según Miravetis, esta papilla es el resultado de aglutinar todos los productos que muchas personas longevas conocidas han consumido habitualmente y que consideran les han ayudado a alargar y mejorar sus vidas.

En todo caso, en la ración diaria  de alimentos no deben de faltar algunos ingredientes como el arroz integral basmati, quínoa, trigo sarraceno, habas, guisantes, espinacas, espárragos, huevos de cosecha propia, garbanzos, alcachofas, aguacate, lechuga hoja de roble, rábanos, tomate, cebolla… Y varias raciones de fruta variada, entre ellas, uva roja, sandía, melón, pera, albaricoques, moras, granadas, piña, naranjas… Así como frutos secos: almendras, nueces, pistachos…

Para cenar suele hacerse siempre lo mismo: una ensalada y, por otro lado, cebolla roja, patata, col de Bruselas y brócoli, todo al vapor durante un máximo de quince minutos. Regado con aceite de oliva virgen extra. No suele usar la sal ya que a través de las verduras obtiene la necesaria. Y ante todo poco pan e integral, de centeno o mijo.

El pescado sólo una vez a la semana y siempre pequeño: boquerón, sardina, caballa, bacaladilla… Nunca frito.

Me indica que bebe agua a la que, previamente, se le ha introducido un chorrito de limón recién cortado. Es una manera sencilla de elevar su poder desintoxicante, según William.

Le comento que no estaría nada mal que nos hiciese saber también, aunque sólo sea por curiosidad, sobre aquellos productos especiales o suplementos nutricionales que suele tomar. Siempre puede haber alguien que sufra dolencias parecidas y le puede interesar. Asegura que en un próximo encuentro me los comentará.

Le agradezco su buena disposición y nos damos un abrazo.

Gracias, Miravetis, por tu generosidad.

P.S. Miravetis es un personaje de ficción y todo lo que dice y hace entra dentro del imaginario personal del que suscribe. Sólo intento interactuar a través de este protagonista, con el fin de mantener el debate sobre la alimentación natural, en base a escuelas y recetarios existentes en el conjunto de las culturas y que, en su practica totalidad, suelen ser compatibles con la medicina académica.

Enrique Masip Segarra [2019]. © Todos los derechos reservados.

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Cosecha del ajo. Del Tacuinum Sanitatis, ca. 1400 (Biblioteca Nacional de París).

Cáncer en Miravetis [5/5]: conclusión

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Relato breve, en 5 entregas

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[Anterior: 4/5 – Otras positividades]

 

5/5 – Conclusión

Por último, inciden los que saben del tema, la importancia que tiene para el aquejado abrigar esperanzas sin dudar y, sobre todo, sentir el aprecio de los suyos, vivir en armonía con su entorno familiar, el amor como terapia perfecta. Ya decía Moritz que la pareja que se refuerza en los momentos de vulnerabilidad a través de la relación amorosa que despierta el consuelo, apoyo y la compasión, potencia la curación increíblemente. Tender la mano, coger la mano; rozar y ser rozado con verdadero cariño: “El poder curativo de la caricia”.

Yo en este apartado he tenido mucha suerte, tengo un ambiente muy cordial que rebosa alegría de coexistir. Vivo con mi mujer, y mi suegro de noventa y ocho años que con su sola presencia me convierte en un joven de ochenta, y creo que nuestra unión está basada en entender que “el amor es la pasión por la dicha del otro”.

Eso es todo, dijo con orgullo, finalizando su relato.

— Está bien, -proseguí mirándole con fijación- te veo delgado pero muy fuerte y ágil, animoso y convencido de que tu cambio integral ha sido muy beneficioso para tu cuerpo y espíritu. Me alegro un montón. Has dicho cosas interesantes y creo que pueden ayudar a mucha gente que, como te sucedió a ti, se encuentran en algún bucle mental debido a algún giro brusco y cancerígeno que les amenaza su inmediato futuro.

Mientras no dejaba de observarle me fijé en una pulsera de piedras esféricas de colores que mostraba en su muñeca izquierda, y le pregunté de que se trataba, a lo que me respondió: “son tres piedras protectoras: amatista, malaquita y prenhita, las tres poderosas curativas.” Y, extrayendo de su pecho un colgante oscuro me dijo: “y ésta más grande es la piedra crisantemo, es tremendamente útil para dispersar toxinas y disolver tumores. No hay que olvidarse de que es bueno llevar amuletos bendecidos por la energía universal.”

Entonces, metiéndose la mano en el bolsillo extrajo una pequeña piedra negra brillante e irregular con orgullo: “es cristal de shungit, un mineral de la Nueva Era, un verdadero agujero negro protector que se traga todas las energías y egrégores nocivos, incluso las ondas electromagnéticas maliciosas. La shungit, si la introduces en un vaso de agua del grifo obtienes un auténtico “elixir de vida”.

Ante tal exposición protectora le dije con cierta guasa: “Creo que habrá poca gente que vaya tan protegida como tú por esta ciudad” A lo que me sonrió sudoroso con unos ojos iluminados que parecían alegrarse.

Durante los últimos minutos en los que estuve atento a lo que narraba con verdadero énfasis continuado mi amigo “Meravetis”, no me percaté que el cielo mudó abriéndose con descaro y reluciendo con tanta intensidad que las sombras eran agujeros codiciados repletos de gente intentando refrescarse un poco.

— Bueno, -proseguí- después de todo lo que me has contado ¿te queda algún detalle que pudiera ser de utilidad para los futuros lectores?

Entiendo que he descrito lo más significativo…; no obstante, quizás me gustaría mencionar que si tuviese que elegir un libro único para entrar en materia de manera fácil, rápida y práctica sería: “Mis recetas anticáncer”, de la Dra. Odiule Fernández, un buen libro que habla de métodos y técnicas desde la experiencia personal.

Y, por supuesto, señalar la importancia que tiene la disposición a agarrotar los malos hábitos para mejorar. Es la base de todo cambio positivo que forma parte de la lucha de supervivencia del ser humano. Hay una frase brillante que encierra el secreto para afrontar esta enfermedad:

El pesimista se queja del viento.
El optimista espera que cambie.
El realista ajusta las velas

Guillen George Ward. Del libro “Inteligencia del alma” de José María Doria

Cuando hubo finalizado, y después de mirar su pequeño reloj de bolsillo, se irguió de inmediato maldiciendo lo rápido que pasa el tiempo. Fue entonces cuando me dio un abrazo.

— Gracias por tu charla viejo amigo, hasta siempre -le dije.

Su caminar, seguro y ágil, lo llevó en un instante muy lejos, hasta perderlo en el horizonte del asfalto, donde en los días de calor se crean visiones. Y su figura se reflejó en un lago de agua sosegada, ficticia, ilusoria, hasta desaparecer.

 

Aquí el texto, al completo]

Enrique Masip Segarra [2018]. © Todos los derechos reservados.

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De ‘Materia Medica‘, en idioma árabe. España, siglo XII-XIII. Obra escrita por Dioscórides, “sobre la preparación, propiedades y pruebas de drogas”, precursora de la farmacopea moderna. Describe unas 600 plantas medicinales, 90 minerales y alrededor de 30 sustancias de origen animal.